En 1922, Alexander Fleming estaba analizando un cultivo de bacterias, cuando derramó accidentalmente una lágrima sobre el plato que lo contenía. Al día siguiente descubrió que donde había caído la lágrima había un hueco, lo cual le hizo sospechar que las lágrimas podían tener alguna propiedad, y de hecho consiguió extraer una enzima que eliminaba las bacterias sin dañar el tejido humano.

Había descubierto sin querer la lisozima, un antibiótico que mataba las bacterias, pero no a los glóbulos blancos (cosa que si hacía el fenol utilizado en aquella época).